La noche susurra en tu oído
y trastabillas entre las plumas grises de una paloma furtiva.
Te enreda un roneo de sirenas eternas
de la raiz a los nidos mientras tiembla la luz en la calle.
Cuando las manos se acercan
te traban tan fuerte y con tanto infortunio
que la razón se cercena en milimétricas láminas.
Las azucenas blancas caen como hojarasca seca a un barro espeso.
El dolor gime escaso de fuerzas,
el humo atraviesa los ojos de parte a parte
y arrebatada la lumbre de invierno,
a la vuelta de marzo, con la primavera las brasas escriben en trazos negros
su verdarero nombre en abril.
Y ya nunca más vuelves a creer
en gatas de pajar hartas de pienso.