miércoles, 26 de marzo de 2014

A deshora y sin embargo a tiempo.



Recibo una carta tuya que viene a recordarme que hace 28 años estuve a tu lado y  me mantuve contigo. Que fue cierto, que lo recuerdas. Una carta que escribes cuando ya hace mucho que me dejaste y menos que me perdiste. Porque los amores te dejan, pero también te pierden.
Y llega tu carta ahora, tanto tiempo tarde, para dejar constancia de que aquello que repetidamente negaste fue realidad reiterademente negada, pero cierta. Y  ahora no me sirve de consuelo ni alivio que lo que siempre supe fue.
Y da cuenta perfecta de que no lo haces por mí sino porque hoy tienes el corazón removido y los ojos de esa fiera te miran con firmeza.
Y yo que batí alas con cuchillas y cargue  mi corazón de locura siento una tristeza infinita. No por un nosotras que no hubo, sino por un tiempo de vida adulterado.

Otra mujer viene con la llave del baúl antiguo que jamás pretendió abrir y con dos vuelta de tuerca y una historia se  excusa, sin disculpas, por haber mantenido aquel  hilo ardiente bajo mis pies por el que me obligó a transitar sin red. Y dice que nada hubo en aquel arcónl por lo que yo  debiera haber temido. Que toda amenaza fue infundada y que aquel lugar fue un artificio, un espejismo creado para que nada se  escapara de unas manos temerosas, a pesar de que nada hubiera que temer ni desear. Un lugar vacío que vació parte de mi esperanza. Tal y como siempre  intuí y a cuya creencia di la vuelta para no dejar de creer en ella.

Y llegan tiempo tarde y sin embargo a tiempo..

Y aunque otra nueva mujer no lo entienda, lloro cuando me tratan bien, aunque me pierda y no pueda crear las palabras que lo expliquen, porque a base de negarlas las perdí. Porque vinieron húmedas, sin pulimento ni brillo. Tal vez porque dermis con dermis aún no sean piel con piel. Porque me arriesgué, porque  teniéndolo todo que ver con ella no tienen nada que ver con ella.
A veces las palabras lo enredan todo. A veces los besos lo desenredan.

sábado, 8 de marzo de 2014

No sé qué decirte



“No es que me calle lo que pienso, es que, a veces, no sé qué pensar. No es que oculte lo que me inquieta, es que me inquieta no saber lo que oculto.”
En ocasiones es algo más poderoso que una ignorancia, un desconocimiento o un desconcierto que inhabilitan mis palabras. No es una parálisis, sino un exceso de estímulos que provocan algo que se parece a una proliferación compleja y contradictoria de emociones, de sentimientos y, quizá, de ideas que no se dejan reducir a un discurso articulado. No solo por falta de coherencia. Se hace casi imposible la verbalización. No es un engaño. No es que me lo guarde, es que lo que siento no es capaz de llegar a ser algo que decir. Reconozco que debe resultar incómodo encontrarse ante quien, en cierto modo desnudo de argumentos, ni siquiera es capaz de enfrentar o de afrontar la situación. A veces, es desesperante. Y puede hasta parecer agresivo. Dan ganas de agitar o de remover las hojas de quien calla a ver si cae o se desprende algo que se deje ver u oír. Podría pensarse que es una cobardía o una irresponsabilidad, una incapacidad de hacerse cargo de la situación, de las propias decisiones. Pero en ocasiones un rayo irrumpe en el corazón de la lógica y tiemblan y laten las almas, pero no hay modo de sentir más que impotencia o culpa o desamparo.

No lo tomes a mal. Callo porque una voz más potente que cualquier frase no es capaz de balbucear ni de deletrear nada. Un ejército de traspiés y de tropezones es torpe para enfilar un mínimo discurso. No es indiferencia. Desearía que entraras en el insonoro refugio en el que no hay palabras. No es un vacío, es algo aplazado, despoblado, que sin embargo late. Y creo que con amor. Pero a estas alturas de la conversación, ya solo un gesto, quizá un abrazo, podría mostrar la verdad de esto que ni es esto, ni sé qué decir de ello. Esto que me pasa y que, sin embargo, no poseo. Tengo algo decisivo que decirte: no sé qué. Tal vez se desprenda de mi mirada o de mi postura. Te lo digo sin decírtelo.

No siempre tenemos las palabras adecuadas. En ocasiones, ellas parecen haberse ido incluso antes de llegar. Se produce una sensación incómoda de incomunicación. Pero tal vez en ese momento se requiere algo más, algo otro, la capacidad de escuchar lo que quizá quede patente sin necesidad de ser dicho: un aprecio más consistente que cualquier explicación. No es que se esconda algo. Es la voluntad de mostrar que no hay qué decir. Podrían improvisarse palabras, pero cuando alguien nos importa de verdad es preferible que sepa que no siempre sabemos qué decir, aunque incluso eso deseamos hacerlo llegar amorosamente. Y ese es ya otro modo de hablar.

Bien necesario, por cierto. 
Ángel Gabilondo