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El espiritu de mi Bisa.

Mi Bisa era espírita, pero espírita totalmente convencida. Callaba lo que creía porque tuvo que elegir entre hablar o morir, según decía.

-Saca el libro del baúl y léeme un poquito, anda.
-Bisa, si se entera la abuela de que estoy en concilio con usted, nos azalea a las dos. Ya sabe como se pone cuando escucha hablar del libro.
- No seas gallina, no se llega a ningún sitio siendo cobarde. Si haces caso a los locos acabas más loca que ellos.
-Pero Bisa si la que nos considera locas es ella.
-No sabe lo que dice. Siempre ha sido tan formal que no sé como puede ser hija mía. Porque cuando la parí estábamos las dos solas, que si no creería que la cambiaron por otra.
-Lo mismito dice ella.
-Venga, ve a buscarlo y salimos andando sin que nos vea.



 Cuando la conocí, o mejor dicho, cuando ella me conoció a mí ya cargaba 83 años y para cuando yo supe leer alcanzó los 90.  Era muy alta, no se parecía en nada a mi abuela, que era bajita y poquita cosa. Lo que no he llegado a entender nunca es el…

Fue (IV)

Mar era tremendamente atractiva y exótica para mí. Al principio había tanta distancia entre su madurez y mi ingenuidad que yo la seguía casi sin miramiento alguno. Ella sabía hacerme reír y nos divertíamos mucho. Pasábamos horas investigando la vida de las hormigas, escalando  las paredes ruinosas de la fabrica vieja o sencillamente inventando historias tendidas al  sol después de recorrer mil caminos en bicicleta. Nos compenetrabamos muy bien y para mi mente infantil no existía el tiempo ni la posibilidad de que otras circunstancias vinieran a deshilar nuestra maravillosa vida. Fuera de nosotras el mundo era otro. Sin embargo, la vida no es un tiempo detenido y menos mal que no lo es.
Creció muy deprisa, como si su cuerpo quisiera librarse de la piel niña y se convirtió en mariposa en un soplo de viento y creyendo que el mundo externo se encontraría a su disposición, debuto en la escena social con toda la parafernalia que siempre la acompañó.
Se pinto los labios, se calzó tacones y b…

La voluntad del pueblo

Cuando la  voluntad de un pueblo se basa en no perder, ya esta pérdido. Cuando la voluntad no es la de crecer, de buscar soluciones creativas y reales a los retos que nos plantea el futuro sino la de cerrar la mano y culpar a quienes nada tienen de venir a robar lo supuestamente nuestro solo nos mostramos como una ciudadania quejosa, llena de complejos, incapaz de salir de sí misma al encuentro de los otros. Una sociedad acomplejada y mezquina.
El miedo a perder es un sentimiento defensivo, un intento de controlar el futuro. Es un miedo que paraliza, es un lamentar el mundo sin asumir las propias responsabilidades, no creer en las habilidades sociales ni en la inteligencia y la bondad humana, es una falta de autoestima ciudadana que acaba por delegar en la violencia  su confianza en sí misma.Y no es una cuestión de odio, sino de indiferencia, de frialdad, de desprecio, de astucia.

El miedo a perder solo se supera con la voluntad de ganar y esta pasa por sanear nuestros miedos y compl…

Fue mi primer amor (3)

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No había nadie conmigo. De repente, Mar había desaparecido sin que supiera de qué modo ni por donde lo había hecho. Ella tenía aquella capacidad de hacerse invisible a placer. Era como un camaleón. Podía quedarse quieta y hacerse transparente en un pestañeo. En cambio yo solo sabía cerrar los ojos muy fuerte creyendo que si desaparecia la luz no me verían.  Mucho más tarde, cuando volví a verla por casualidad en Madrid se transformaría en cristal para no hablar conmigo.

 Desde aquella travesura creo que no ha pasado ni un día en que no se recordara nuestra "hazaña". Lo más probable es que aquel artefacto nunca hubiera servido para nada, pero despues de pasar por el martillo eso era seguro como la muerte. La muerte también es segura, será por eso que no hay que preocuparse de ella, ni esperarla porque llega sola. Eso debía creer también Mar, porque miedo, lo que se dice miedo no lo conoció nunca. Y yo que la quería a morir, la seguía sin ninguna timidez y por supuesto, sin n…

Fue mi primer amor II

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Mi madre descubrió que yo era terca como una mula y  no calibraba el riesgo con prudencia. Ella se asustaba cuando nos veía en alguno de esos juegos salvajes a que nos entregabamos en una calle de tierra donde los coches eran tan escasos como fascinantes. Y eso que no nunca supo de aquellas andanzas que iniciabamos en el brocal del pozo. Al recordarlo me estremezco hasta yo. Aún así ella  era consciente de que se hubiera podido quedar sin hija si algo no remediaba mi temeridad. Así  que decidió seguir teniendo hija y para ello me colocó unos grilletes fuertes y seguros para que no volara por los aires como metralla.
Claro, que mi madre era muy lista y sabía que de colocar las cadenas en los pies,  yo o la otra nos encargaríamos de soltarlos. No hay grilletes que anulen las ansias de libertad de  la inconsciencia. De modo que comenzó a colocar las cadenas en el alma que no es material ni tiene forma, pero se adhiere al acero como el hierro al imán.
Tanto después tuve que ir soltando po…

Fue mi primer amor

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Habría cumplido hoy cincuenta años. Nació en noviembre porque en algún mes hay que nacer, sobretodo teniendo en cuenta el deseo de los padres, aunque hubiera podido nacer  un febrerillo loco a punto de carnaval sin desentonar ni un poquito. No solo era gansa, payasa y terremoto, también era terca, temeraria, vivía sin ataduras, sin cascabel de gato.

Se llamaba Mar, aunque ni lo vislumbró. Le pusieron aquel nombre porque sus padres habían emigrado a Barcelona tres hijos antes de ella y volvieron ya con casi cuatro a la casa materna donde, al menos, encontraron un plato de comida y refugio de la intemperie.  Su padre para celebrarlo, al poco de nacer ella, le encargo otra hermana para compartir el frio de un colchón sin patas. Prometió que sería la última, y por una vez, dijo la verdad.

La pobreza siempre es fea,  el alcohol le maquilla los colores solo por un ratito, lo que tarda en evaporarse la última copa de coñac antes de echar el cierre de un bar. Y, además, cuando se mezcla con o…
"No por simples antojos —según deducen los sabios sobre un sublime embeleso— es con los ojos y no con los labios que siempre se entrega el primer beso."

A pesar de todo, no son los ojos las ventanas del alma. La ventana del alma es la voz. No es por casualidad que lo que más se añora es el nombre propio en los labios que nos nombraron tantas veces.