viernes, 20 de marzo de 2015

osario

Nunca me gustaron los huesos de santo. Solo el nombre produce  rechazo en mis salivares y un pequeño espasmo en la entrada del estomago.  Ya sé que solo alude a un nombre de dulces, y que un nombre no sabe a nada o al menos así debería ser para mí que no soy Serrat ni tengo una novia que se llame María, pero mi imaginación es libertina y ha conocido a  sinestesia antes que yo.

Alguien me contó una vez, que los huesos de santos eran milagreros y algún devoto (poco amante de los votos), dejaba  codillos de santa cerca de la mesita de noche, así, como si se tratara de yemas de Ávila y a modo de aspirina.  Imagino que cualquiera que supiera de tales manías no daría un crédito al santero.

Ahora algunos enterradores de la cultura se dedican  a desenterrar huesos de escritor. No sé porque se empeñan en encontrar al genio entre sus metacarpianos  cuando basta leer su obra para tropezarse con su alma. Y menos mal que no los han encontrado incorruptos, sino mortales y carcomidos como los de cualquier ignorante medio. Imagino que de otro modo hubieran podido santificarle  y hacerle patrón, que sé yo, de los jugadores de pádel que sufren mucho de codo de tenista. O de los Sin beca que acabarán remando en galeras.

Lo que más me asombra es que quienes se interesan tan vivamente por los huesos de escritor desprecien los de quienes no han merecido ni unas letras con su nombre en la lápida de un cementerio y andan desperdigados entre  caminos suspensivos que pisamos sin poner un punto final digno a su historia. A la de todos.
Y se podrá argüir que  los dineros son pocos, que este es uno y aquellos muchos,  que uno fue Oro de un  Siglo  y estos plomo de espanto de menos de cien años, que aquel fue un escritor de universales historias inventadas y estos solo "historia viva de España".

 No sé, pero imagino que si quienes hoy buscan a Cervantes con tantas glorias públicas creyeran que  los mismos españoles enterrados en nuestras cunetas  lo estuvieran, que sé yo, en Cuba, por ejemplo, no habría día sin reclamo de la dignidad patria. Y son los mismos. ¿ O no?

Una paradoja más, don Miguel, ¿no lo cree usted?

domingo, 8 de marzo de 2015

8 de marzo 2015

Cuando era niña y me preguntaban que quería ser de mayor, solía responder  que yo de mayor quería ser soltera por el mismo motivo que al comenzar a hablar era normal decir "he dicido", "he hacido".   Casi todos los adultos reían cuando me escuchaban porque de alguna manera entendían que se escondía detrás de aquella gracia, y lo subyacente era conocido por todos y lo escondido algo muy serio.
No se refería aquella niña al estado civil como profesión, aunque en realidad bien lo hubiera podido ser, porque si miraba alrededor no encontraba profesión de mujer a la que aspirar que no fuera la de casada o viuda. Las mujeres realizaban aquella actividad del matrimonio como un "todo en uno" que incluía todas las posibles etiquetas sociales.

"Ser hija de...", "novia de...", esposa de...", "madre de...", "abuela de..." Siempre algo de alguien.
Las mujeres no tenían nombre propio y desde la pequeñez de la infancia era posible descubrir las irregularidades tanto  de la vida como del lenguaje.

 Yo no quería pasar por la vida que mi madre pateaba ni por la que veía arrastrar a mis mujeres. Yo quería ser libre como lo era mi tía. Y mi tía era soltera. Y ello implicaba trabajar fuera de casa y aquella independencia económica, si bien no la libraba de la supervisión de sus hermanos, si le permitía un respiro, una libertad que yo desde mi niñez entendía como deseable, pese a que la educación social y familiar pasara por hacer desear un vestido blanco y un altar al tiempo de  huir de la  poco deseable etiqueta de "solterona"

Todo el proceso de lucha que acompaña la búsqueda de respeto e identidad sigue en pie, abierto desde perspectivas que incluso hoy pasan desapercibidas de tan respiradas.

Desde la perspectiva de género hasta un libro de matemáticas es un espejo de aquello que no se ve y que nos va a todos, porque la salud social e incluso individual del conjunto pasa  por darse cuenta de que precio se paga por ser hombre y por ser mujer envueltos en una nube  normada por otros, para otros tiempos y otros cuerpos.

El emperador va desnudo. Los niños lo ven.







Barcelona 2017

La ausencia de guerra entre las naciones no ha transformado a los hombres en menos belicosos. La violencia, típica solamente del ser hum...