osario

Nunca me gustaron los huesos de santo. Solo el nombre produce  rechazo en mis salivares y un pequeño espasmo en la entrada del estomago.  Ya sé que solo alude a un nombre de dulces, y que un nombre no sabe a nada o al menos así debería ser para mí que no soy Serrat ni tengo una novia que se llame María, pero mi imaginación es libertina y ha conocido a  sinestesia antes que yo.

Alguien me contó una vez, que los huesos de santos eran milagreros y algún devoto (poco amante de los votos), dejaba  codillos de santa cerca de la mesita de noche, así, como si se tratara de yemas de Ávila y a modo de aspirina.  Imagino que cualquiera que supiera de tales manías no daría un crédito al santero.

Ahora algunos enterradores de la cultura se dedican  a desenterrar huesos de escritor. No sé porque se empeñan en encontrar al genio entre sus metacarpianos  cuando basta leer su obra para tropezarse con su alma. Y menos mal que no los han encontrado incorruptos, sino mortales y carcomidos como los de cualquier ignorante medio. Imagino que de otro modo hubieran podido santificarle  y hacerle patrón, que sé yo, de los jugadores de pádel que sufren mucho de codo de tenista. O de los Sin beca que acabarán remando en galeras.

Lo que más me asombra es que quienes se interesan tan vivamente por los huesos de escritor desprecien los de quienes no han merecido ni unas letras con su nombre en la lápida de un cementerio y andan desperdigados entre  caminos suspensivos que pisamos sin poner un punto final digno a su historia. A la de todos.
Y se podrá argüir que  los dineros son pocos, que este es uno y aquellos muchos,  que uno fue Oro de un  Siglo  y estos plomo de espanto de menos de cien años, que aquel fue un escritor de universales historias inventadas y estos solo "historia viva de España".

 No sé, pero imagino que si quienes hoy buscan a Cervantes con tantas glorias públicas creyeran que  los mismos españoles enterrados en nuestras cunetas  lo estuvieran, que sé yo, en Cuba, por ejemplo, no habría día sin reclamo de la dignidad patria. Y son los mismos. ¿ O no?

Una paradoja más, don Miguel, ¿no lo cree usted?

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