Eduardo nació en aquel tiempo en que las mujeres parían en la cama de su dormitorio rodeadas de sus tías mientras el padre aguardaba en el patio o sentado en la silla que servia de galán al lado del armario de lunas de espejo. Las abuelas rezaban agarrando ese pañuelo que les servia para todo y enjugaba los miedos y las malezas para sobrevivir en medio de la pobreza y el abandono, cuando se habitaba en un tiempo con más trincheras que hospitales. Gritaban las madres como animales porque el canal del parto no se agrandó al tiempo que los cráneos se desarrollaban dentro. La evolución natural, un poco chapucera, dotaba a los humanos de más inteligencia y sesera, pero no aumentó el conducto que les daba a luz en la misma proporción.
La muerte asomaba en cada parto y rondaba a la parturienta y al rebento mientras las familias trataban de alejarla con sahumerios y oraciones. Cuantas veces el único bisturí que esperaba una mujer era la guadaña.
Tantas veces has parido tantas veces has enfrentado la muerte. Ningún embarazo era fianza del próximo. Nacer y morir podían conjugarse en un mismo tiempo.
Tantas veces pariste tantas veces paso la muerte por tu frente.
Eduardo nació y creció fuerte y sano, pero la parca se llevó a su madre y a su hermana en el mismo tiempo y al mismo lugar. El reparto de hijos entre abuelas y tías le llevó a recorrer casas que le acogieron pero nunca fueron un hogar real para él.
Solía dolerse de su suerte y repetía que "quien no tiene madre no tiene quien lo quiera."
Así lo conocí yo ya muy mayor y con aquella herida incurable en su alegato de dolor.
Quien no tiene madre no tiene quien lo quiera.
Los días fueron lijando su cerebro y la mente desvariaba sin freno y sin filtro, y quien en principio era amable y tierno se fue convirtiendo en áspero y duro. Difícil de reconocer y de tratar.
Ante los virus de la mente en desaliño solo cabe la paciencia y la ternura para no enfrentar guerras de trincheras sin honor.
Quien no tiene madre no tiene quien lo quiera...
Venga, Eduardo, que te voy a lavar las manos, levanta un poco los brazos...muy bien. Ahora te voy a girar un poco para lavarte la espalda... y después te vestiremos con la camisa blanca y luego a sentarse un poco en sillón...
Quien no tiene madre no tiene quien lo quiera...
Trato de imaginar que cual sería la angustia de su madre de haber podido seguir su recorrido vital sintiendo el desconsuelo de Eduardo durante toda su vida, y me pregunto cómo y cuánto agradecería esa madre las manos que consolaran a su pequeño (tenga los años que tenga) y enjugaran sus lágrimas mientras lo guiaran en las dificultades del camino.
Madres de manos vicarias sin color, sin raza, sin religión llenas de amor y ternura capaces de ser madres de todos los huérfanos de la vida.
Por mas que se busque no se encontraría un agradecimiento mayor y una deuda de amor que solo con amor se salda. Porque de todo podremos encontrarnos huérfanos en vida, de todo menos de ellas.