Al finalizar el verano, suele producirse en los alrededores de la Tierra Roja, una curiosa y temible transformación de la atmósfera que, según cuentan propicia el cambio de ciclo y da paso a la angosta estación de las hojas. Nada más llegar septiembre se abren en canal los vientos y la tierra más abierta y porosa recibe las hojas caducas para revestirse de ellas. Las guarda consigo a modo de abrigo hasta la estación de la esperanza en primavera.
Al principio del otoño, nadie sabe muy bien porque un viento enrejado que suele permanecer discretamente retenido entre las nubes encontró abierta la puerta del cielo y mirando a ambos lados de sus orejas, sin girar el cuello, solamente con los ojos se sintio libre de chapotear en el barro estancado. Este es producto de los pensamientos contaminados que anegan el aire en tal concentración que los rayos del sol no pueden disolverlos. En forma de huracán el Viento de la Malicia se sintió libre de alborotar y alimentado por el miedo y la astucia abrasaba desde el Lago de Mercurio hasta el Pinar de las Ardillas dejando a su paso desolación y tristeza.
Los seres que desavisados respiran en ese ambiente acomodan según sus huecos protonimicos parte del viento que se acurruca entre las entretelas del pensamiento y el corazón, y anida zorro y astuto como un terrorista en aquel que le cobija.
Martina, desatenta y descontenta se dejo mecer por su zumba y desorientada y confusa casi hipnotizada por la desconfianza, salió dispuesta a hachear furiosamente lo que encontrara a su paso.
Así dispuso de ojos, orejas, amantes, amigos, ardillas, alientos, olas, abejas, elefantes, árboles, aires y almendros y estos quedaron hacheados y mudos:
Hojos, horejas, hamantes, hamigos, hardillas, halientos, holas, habejas, helefantes, hárboles, haires, halmendros...halmas en hapariencia las mismas sutilmente henmudecidas.
sábado, 27 de septiembre de 2014
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