viernes, 28 de octubre de 2011

Mi cumple



Acabo de celebrar mi cumpleaños. Pasados los cuarenta no debería ser doloroso cumplir un año más, y de hecho no lo va a ser.
Solo los niños tienen cuatro años y medio o las personas muy mayores presumen de tener ochenta y cinco, algunos señores apostillan que les queda solo un mes para cumplirlos pero los exhiben  antes de la fecha.
Nunca me ha gustado ese día,  por la extraña razón de ser alérgica al papel protagonista. Recibir regalos ha sido hasta hace bien poco un suplicio para mi. Tengo siempre la sensación de quedar en deuda, y ello me angustia más que ilusiona.
Enumera Elsa Punset en su libro "Brújula para navegantes emocionales",  las cinco maneras básicas en las que las personas expresamos y  preferimos recibir amor: a  través del contacto físico, compartiendo tiempo de calidad con las personas, haciendo regalos, con actos de servicio o través de las palabras. Los denomina los cinco "lenguajes del amor".
"Cada persona tiene tiene uno o dos lenguajes específicos con los que se siente especialmente cómodo para percibir y expresar amor. A veces expresamos amor en un lenguaje y deseamos recibirlo en otro. Si nadie nos habla en nuestro lenguaje de amor, nos resultara difícil sentirnos amados. Intentaremos provocar en los demás la expresión de amor en el lenguaje que entendemos mejor y sentiremos fustración si no lo conseguimos."

Lo estupendo sería controlar todos ellos, pero básicamente dos son los más empleados y de forma ocasional alguno de los otros lenguajes.
Mis preferidos son el de compartir tiempo de calidad y el más polémico, actos de servicio, también me es fácil expresar afecto a través  de gestos de cariño, la mirada de atención, la sonrisa,  el abrazo.
A regalar o recibir regalos, me estoy acostumbrando ahora, supongo que por ser el más utilizado y voy sacando esa sensación incomoda de deuda de hace algún tiempo.

En este cumple ha caído, un bolso, pendientes, varios pañuelos, guantes y un libro, "Tiempo entre costuras", vamos que ha estado muy generoso. Y aunque todos me han gustado, un vídeo y una bola de cristal para adivinar el futuro, se han llevado la palma de oro.

Ha sido un cumpleaños lleno de ausencia, pero también lleno de aliento.

Gracias a todxs, por los regalos y especialmente por soportarme.

domingo, 23 de octubre de 2011

Querida Ana



Apenas han pasado cinco días desde tu marcha y apenas he podido dejar de llorar.
Supongo que nadie nos ha asegurado que la vida fuera a ser eterna, pero solo treinta años son apenas un soplo de aire que no da para levantar más que algunas hojas.
El domingo escribí sin saber que estaba a punto de ocurrir, sobre aquel día en que llena de miedo a tu miedo, te rapaste la cabeza y te colocaste el pelo nuevo. Aquel día en que no dejabas de mirarme como si quisieras taladrar mis pensamientos y descubrir si te veías guapa, si te veías distinta y si la gente que no te conocía lo bastante para saber de tu enfermedad  podrían ver que algo había cambiado en tu imagen y en ti.
Mas incluso que los  efectos  desagradables de la quimio, te asustaba ver el temor que sentías, en los ojos de otros. Más tarde, las prioridades cambiaron y  te soltaste el pelo, de verdad.
Que alivio, me dijiste, liberarme de querer tapar el sol con dos dedos, que alivio perder el temor a que pensarán. Y te concentraste en luchar con todas tus fuerzas.

¿Cómo podía imaginar que marcharías, así, tan rápido y tan silenciosa, tú que eres el bullicio y la alegría dónde vas?

Guardo para mi todas las risas,  los llantos,  los sueños, las ilusiones y tu mirada abierta y limpia, las  horas compartidas, las llenas de sombra y las llenas de luz.

No tengo más lágrimas para llorar tu partida, tan solo un dolor silente y sordo y la necesidad de recordarte a cada rato.
Me queda el honor y la satisfacción de haber podido acompañarte en tus breves años, de mucha alegría compartida y muchos dolores mitigados. De lágrimas en mi hombro y en el tuyo. Me queda agradecerte tantas charlas y juegos, tantas horas de cariño recíproco, de confianza, de intimidad, de honestidad.
Sé que el tiempo acabará por situar los recuerdos y cuando el dolor se calme, podré aceptar tu marcha y dar gracias a la vida que me permitió disfrutarte desde tus primeros pasos y  acompañarte en tus últimas horas.
No olvides que te quiero,  no olvidaré que me quieres, mi niña.

La madalena de Proust: una percepción evoca un recuerdo intensamente

 A veces, cuando el duelo termina, cuando se acepta la pérdida y la alquimia del tiempo transforma la ausencia en nostalgia,  el recuerdo s...