Gabriela no tiene corazón.
Su sangre se impulsa desde las plantas de sus pies y cada huella es el equivalente a un latido.
De ese modo, Gabriela no puede dejar de caminar.
Su vida depende del camino que sostiene sus pies.
Las suelas fuertes, herraduras de caballo para no desgastar la piel encallecida, al punto de ser cuero.
Gabriela camina sin fondo por las sendas sin fin, por las veredas eternas.
Algunas veces, se admira de un paisaje y lo recorre sin parar arriba y abajo dejando sus huellas de hierro en la superficie del manto.
Un camino que la ve irse para volver un instante después pisando fuerte.
Al principio, la tierra amable le agradece la atención, se siente útil y hasta querida siendo recorrida en cada centímetro de su piel con minuciosa precisión.
Después, pisoteada e inútil ya espera que Gabriela se desnorteé y varíe el rumbo.
Entonces, Gabriela camina sobre la hierba.
Y la hierba se siente bendecida por su ir y volver milimétrico hasta que descuartizada de sus pasos yermos ruega que se marche y no la hiera más.
Y, entonces, Gabriela camina sobre las flores. Y las flores se sienten embellecidas por su mirada que las acaricia una y otra vez con embeleso, hasta que desfloradas y rotas se marchitan y lloran de pena.
Gabriela no tiene corazón.
Gabriela no sufre, no siente empatía, tiene sus propios códigos ajenos al sentir de las tierras .
No reconoce las roturas ni tiene conciencia de que su paso por los caminos es una larga senda de huellas rotas.
Hasta que a Gabriela le crezcan las alas y en la caída al vacío le bata un corazón.
El amor y el dolor son sístole y el diástole de la compasión.
Solo quien siente compasión cuida y solo quien cuida, aparta la violencia para siempre de sí.
domingo, 10 de junio de 2018
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