viernes, 19 de junio de 2026

 Comencé a contar el tiempo en el que no estarías 

y me abrumó la eternidad.

Desde que te fuiste el reloj anda hacia atrás

tratando de devolverle la vida  a los minutos 

muertos  que tu ausencia provocó.

Traigo el mañana al ayer

y como un pintor de trazo grueso y basto

encalo la paredes del presente

con la luz de un ocaso que no vuelve a renacer.

Y me hundo en  cada día 

entre las astillas de mi alma, y

los mimbres de mi niñez no son bastantes

para sostener mi vida cansada de pesares.

 

 

 

lunes, 8 de junio de 2026

Las credenciales del obrero.

"Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son purificados, los sordos oyen, los muertos son  resucitados y a los pobres se les predica el evangelio."- Mateo, cap 11-v.5

 

Cuando Juan Bautista envió a sus seguidores para que certificasen al Cristo en la condición del Mesías, ansiosamente esperado por el pueblo, Jesús no evocó a su descendencia genealógica y no expuso a sus emisarios para qu fueran a debatir con Él las excelencias de su doctrina. El Maestro simplemente les mostró las credenciales divinas, relacionando en suscitas palabras, los hechos que refrendaban su mesianato entre los hombres.

El Precursor, que estaba preso y aguardaba ejecución, al recibir el informe verbal de sus mensajeros, se lleno de alegría y tuvo la certeza de que Jesús era de hecho, el que había sido anunciado: "...aquel que viene después de mí es más poderoso que yo, cuyas sandalias no soy digno de llevar".

Interesante resaltar que una vez más el Señor se identificó a través de las obras que estaban siendo realizadas, como si en otro términos, dijese: "Ved y verificad por vosotros mismos; lo que hago es lo que da testimonio de mí..."

Quien cumple autentica misión sobre la tierra no se justifica por la presentación física, por la elocuencia del verbo o aún, por el brillo de la inteligencia; el obrero genuino revela su procedencia espiritual con las acciones  que emprende en beneficio de los semejantes, aunque desde el punto de vista del exterior todos los indicios parezcan contradecirse.

Jesús no prestó cuentas de sí a los discípulos de Juan,  explicando que oraba mucho, que evitaba el pecado o que no poseía ningún bien material: "Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son purificados, los sordos oyen, los muertos son  resucitados y  a los pobres se les predica el evangelio."

 

Diciendo lo que hacia, el Maestro se sometía a la evaluación de los que fueron con la incumbencia de interrogarlo, convencido de que toda acción habla de la condición espiritual de su autor.

Lo que el hombre hace es el resultado de la intención que lo mueve.

Así, de ese modo si quieres saber mejor de ti o respecto de otros con referencia a la fidelidad al Evangelio, observa las consecuencias de lo que haces y de lo que los otros han hecho, porque sin duda, el fruto que pende del árbol guarda estrecha intimidad con la raíz.

domingo, 3 de mayo de 2026

Madres

 Eduardo nació en aquel tiempo en que las mujeres parían en la cama de su dormitorio rodeadas de sus tías mientras el padre aguardaba en el patio o sentado en la silla que servia de galán al lado del armario de lunas de espejo. Las abuelas rezaban agarrando ese pañuelo que les servia para todo y enjugaba los miedos y las malezas para sobrevivir en medio de la pobreza y el abandono, cuando se habitaba en un tiempo con más mortajas  que hospitales. Gritaban las madres como animales porque el canal del parto no se agrandó al tiempo que los cráneos  se desarrollaban dentro. La evolución natural, un poco chapucera, dotaba  a los humanos de más inteligencia y por lo tanto más sesera, pero no aumentó el conducto que les traía a luz en la misma proporción. 

 La muerte asomaba en cada parto y rondaba a la parturienta y al retoño mientras las familias trataban de alejarla con sahumerios y oraciones.

 ¡Cuantas veces el único bisturí que  esperaba una mujer  era la guadaña!

"Tantas veces has parido tantas enfrentaste la muerte", se decía entonces. Ningún embarazo a término era garantía de éxito para el siguiente, nacer y morir podían conjugarse en un mismo tiempo. 

Tantas veces pariste tantas veces paso la muerte por tu frente.  

Eduardo nació y creció fuerte y sano, pero la parca se llevó a la madre y a la hermana en el mismo tiempo y al mismo lugar. El reparto de hijos entre abuelas y tías le llevó a recorrer casas que le acogieron pero que nunca sintió como  un verdadero hogar real para él.

Solía dolerse de  su suerte y repetía, a menudo  que,  "quien no tiene madre no tiene quien lo quiera."

Así lo conocí siendo él  ya muy mayor y con aquella herida incurable en su alegato de dolor.

"Quien no tiene madre no tiene quien lo quiera."

Los días fueron arañando su cerebro y la mente comenzo a desvariar ya  sin freno y sin filtro; quien en principio era amable y tierno se fue convirtiendo en áspero y difícil de reconocer y  tratar.

Ante los virus de la mente en desaliño solo cabe la paciencia y la ternura para no enfrentar guerras de trincheras sin honor.  

"Quien no tiene madre no tiene quien lo quiera..."

Venga, Eduardo, que  voy a lavarte las manos;  levanta un poco los brazos, así, muy bien. Ahora te voy a girar un poco para asearte la espalda y después te vestiremos con la camisa blanca para salir un poco al jardín...

"Quien no tiene madre no tiene quien lo quiera..."

Trato de imaginar que cual hubiera sido la emoción de su madre sintiendo el desconsuelo de Eduardo durante toda su vida, y me pregunto  cuánto hubiera agradecido aquella mujer amorosa a las manos que consuelan a su niño (tenga los años que tenga) y enjugan sus lágrimas ante las  dificultades del camino. 

Cuánto que agradecer a esas manos vicarias sin color, sin raza, sin religión, llenas de  amor y ternura capaces de ser madres de todos los huérfanos de la vida. 


 

 

 

 

 

 

lunes, 5 de enero de 2026

 ¿Quien late por ti?

De dónde recibirás, tú, el latido

y el temblor del nacimiento.

Desde que lugar y desde que extraña galaxia

se multiplicará  para ti el golpeteo de la vida.

A quien ama al corazón que late

qué lejana vibración le acuna,

qué antigua profecía descierra  sus caminos

para desvelar el mapa de la memoria

y su balanza ciega.

Para sanar  el corazón, vino cordial,

para los ojos, la vidriera del templo,

para las manos, el tacto de otra piel,

para el olfato, el aroma tierno del pan,

para mi boca, el agua dulce del rio  que nace en tus labios.  

Tu senda llena de presencias y recodos,

de atajos infinitos, de deseos no nacidos,

de amores huidizos y ciertos.

Para tu corazón sin coraza siempre habrá yerba tierna

en medio del secarral porque tu sola eres más

grande que una multitud de pájaros gritando.




 

 Comencé a contar el tiempo en el que no estarías  y me abrumó la eternidad. Desde que te fuiste el reloj anda hacia atrás tratando de devol...