Este humo que lo envuelve todo no es luz de gas. La naturaleza se asfixia sin oxígeno empeñando el futuro de todos porque todo es grisura en el monte y en las calles gobernadas por mentes incultas de esta tierra liega convertida en secarral. La realidad no negocia con fantasmas ni se preocupa de las ocurrencias vanas de quienes desconocen la existencia más allá de sus estrechos surcos cerebrales. En los mundos de Disney no pasan estas cosas. Cuando arde el aíre ya no hay sitio donde ir a reposar la cabeza ni turistas que lleguen de lejos en esa trashumancia humana de cada verano que asienta el saqueo de una tierra ya en números rojos.
El perímetro de campo que rodea mi aldea se llena de maleza, de secos esqueletos verticales duros y pungentes, donde el único canto que se escucha es el cascabel de las avispas borrachas alrededor de la ardencia asesina de los cultivos abandonados. Ni hombres ni animales en los caminos, solo insectos negros, culebras y lagartos donde siempre hubo ratoncillos, pájaros, mariposas...,árboles y flores.
Los pirómanos se sienten a salvo en sus poltronas de cuero y sacrifican aguas, tierras y hasta el viento mediante decretos y normas que abandonan la cordura a cambio de un puñado de dólares, papel vacío con el que prenden los fuegos que ennegrecen el horizonte de propios y extraños.
No hace falta lanzar la bomba atómica, basta con abandonar a insensatez en manos de la avaricia y el sin sentido de la ignorancia maldosa.