A las brasas vivas de esta historia no le faltará el aliento.
Él era más elegante que su ropa. Estalló en pedazos el cristal de la ventana del salón cuando sus pies descalzos atravesaron el mosaico gris. El cierzo de enero y la lluvia de abril lo cercaron todo como un paréntesis. Se acercó a la estufa de leña y sus manos resplanecieron junto a la llama naranja de un fuego azul. Colocó la chaqueta raida, cuidadosamente, sobre la silla. No había camisa que cubriera tanta cicatriz pero sonrió y desde la ventana el calor de la calle enfrió la habitación. Era azul, su mirada era el mar desde la que ella se lanzó a las rocas. No hay marea que arrastre una botella que contiene una historia de amor encallado. Las rocas devolvieron a sus manos lo que de ella recibieron, su vida y él la estampó de nuevo contra el mosaico gris. Estalló y sus cristales se confundieron con los vidrios mojados de la ventana.
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