No hay atajos que lleguen lejos o acaben bien, (que se lo pregunten a los lobos y a las caperucitas). ¿Para qué querríamos tomar atajos oscuros cuando el camino se desarrolla bajo nuestros pies? La prisa por llegar y después ¿qué? Tomar otro camino y otro y otro como si lo importante fueran los metros recorridos y no la profundidad del viaje.
La suma de los atajos siempre es superior a la distancia recta entre dos puntos.
Puede que haya que escalar las calles para alcanzar la plaza, pero desde el zapato todo es huella y el camino está en los pies.
Nadie derramará nuestras lágrimas tampoco nuestro sudor. Por más que dejemos el petate en el camino, día vendrá en que lo volveremos a colocar en el hombro en el punto exacto en que lo dejamos caer.
El amor no desiste con facilidad, pero tampoco es frívolo o inconsecuente y si no que se lo pregunten a la abuelita.
viernes, 12 de octubre de 2018
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