No es necesario conocer toda la retórica y la gramática para convencer, a veces, basta con expresar con franqueza y cariño un concepto para que llegue donde no alcanzan las mayusculas Y no es porque considere inútil la elocuencia ni la ortografía, todo lo contrario, sino porque entiendo que la fuerza de los conceptos late un poco más en el interior que en el ropaje. Y la pieza de ropa más hermosa del mundo no es nada sin un cuerpo cálido que la vivifique.
Josefina no escribió ningún poema, no todos aquellos que pasaron a toda prisa a su lado se empaparon de la calidad de su sonrisa, si alguien se detuvo a mirarla fue, más bien, por asombrarse de esa piel perfecta, tersa que invitaba a acariciarle la cara. La vida no le concedió tribunas ni oropeles pero ella ofreció siempre un espectáculo de grandeza y de cariño que de manera gratuita templaba el aire de la prisa y la frialdad.
No pasará a los anales de la historia como heroína, ni hablaran de ella los diarios del domingo, aunque deberían, porque esta sociedad sedienta de paz necesita más que nunca de esos pequeños ejemplos de vida serena. Josefina supo ser el tornillo pequeño que sujeta una pieza escondida sin la que no funcionaría jamás una maquina inmensa. Supo ajustarse a las circunstancias, a veces su ayuda no pudo pasar de la palabra de aliento, o de limpiar la cocina a una vecina querida o ayudar con el fardo pequeñito de un niña sin fuerzas, pero siempre estuvo bien dispuesta a colaborar.
Ella siempre decía que al trabajo hay que ir con alegría, porque el poco pan bueno que la vida da a los pobres no debe acedarse con ceniza. Y yo, hoy, trataré de no acedar su recuerdo con ella.
domingo, 8 de febrero de 2015
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