Tu soledad no es la única.



Tu soledad no es la única. La Tierra se haya repleta de seres que, por una razón o por otra, fueron conducidos a la soledad.

Este huyó del mundo por miedo a ser agredido, marcado por dolores íntimos que lo acompañan desde la infancia.
Ese se apartó del contacto social por haber sufrido lo que él considera una injusticia.
Aquel se dejó caer en la depresión y buscó refugio en su mundo interior, con la puerta cerrada a la solidaridad.
Este otro por temor a no tener fuerzas para resistir el contacto con las personas, se trasladó a las montañas y a las playas de la meditación, alejandose de todos.
Alguien más, cansado de la lucha diaria, renunció al movimiento general  y se detuvo a un paso de la alienación.

Tu soledad, en cambio, está hecha de amargura, porque en medio de los individuos felices y atractivos nadie tiene tiempo para ti, ni despiertas el interés de otros.
Y esa situación aflictiva es causa de martirio. No obstante, reconsidera tu situación y acércate a tu amigo.
Tal vez él se encuentre en un estado equivalente al tuyo.
No es feliz, sino que aparenta serlo.
Hace ruido para disimular lo que sucede en su interior.
Llama la atención por necesidad y, preocupado con sus propios problemas, no dispone de capacidad mental ni emocional para identificar los tuyos.
Acércate a él con discreción y bondad. Entonces constatarás que el resultado de dar afecto es recibirlo.
Todo ofrecimiento espontáneo se transforma en intercambio, mediante el que cada uno reparte un poco de lo que posee.
Aunque el vacio interior permanezca, llénalo de acciones positivas hacia alguien y te darás cuenta de que el bien que le proporcionas y que te gustaría recibir, ya se encuentra en ti.

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