viernes, 24 de junio de 2011

charlas con papá

Dormíamos los tres en una habitación minúscula, donde apenas cabían tres camas y una mesita de noche muy chiquita. La cama central era la mía, y los chicos dormían en las camas de los extremos. Mis hermanos son más pequeños que yo entre dos y cinco años. La habitación era un rectángulo y en ella desembocaban tres puertas y un ventana pequeña por la que apenas pasaba la luz. No había lampara, apenas una bombilla en el centro y el interruptor que se rompió en una limpieza nunca se había vuelto a reponer.
Para encender y apagar la luz, me levantaba de la cama y juntaba los cables que estuvieron unidos al interruptor o los separaba y luego buscaba el camino de vuelta a oscuras. Cada vez que los chicos tenían que ir al aseo o simplemente tenían pesadillas o se encontraban enfermos o inquietos, me despertaban y buscaba el cable.
Ya tenia mucha experiencia en ello, lo podía hacer casi dormida, levantaba el brazo por encima de mi cabeza y tocaba el cable con la mano, luego la iba bajando con cuidado hasta la bifurcación y ya los podía juntar y encender la bombilla.
Todo esto desde que yo tendría unos 6 a 7 años hasta prácticamente los 12 en que hicieron una pared en la habitación para separarme de los chicos y repararon el interruptor.

Cuando él estaba en casa, no reíamos, ni nos mirábamos siquiera. Era tan suspicaz que cualquier risa le parecía una burla, pensaba que nos reíamos de él y eso no podía consentirlo.
Bastaba oír como introducía la llave en la cerradura para ponernos a temblar, podíamos sentir sus pasos diez minutos antes de que llegara y el primer acto reflejo era buscar algún lugar seguro donde escondernos lejos de él, pero aquello era imposible, primero porque su instinto de sabueso le permitía oler el miedo e identificaba inmediatamente donde estábamos, y segundo porque mi madre nos obligaba a salir a recibirle y a tantear el ánimo con que llegaba.
Pero bastaba oír como desde la puerta sonaba un clic, cuando se marchaba para ponernos a jugar y a reír como niños que eramos. Alguna vez fingió que salía cerrando la puerta y volvía para espiarnos. Mi madre que apesar de estar bastante discapacitada para todo, era una ardilla y tenia un sentido común extraordinario, no permitió que aquello volviera a repetirse, salia a comprobar si la puerta se había cerrado de verdad o era otra trampa del caballero que cuando trabajaba fuera también llamaba disimulando la voz o le pedía algún otro que lo hiciera con algún mensaje suyo.


Aquel día estábamos convencidos que él no estaba y no volvería pronto. Mi madre se había marchado al centro médico, por aquel entonces todavía podía andar, poco y mal, pero algo. Estábamos solos y era temprano. Jugábamos en la habitación rectangular saltando de cama en cama y repartiendo almohadazos a todos lados. Corríamos y saltábamos, nos zurrábamos de lo lindo con las almohadas y estábamos organizando un escándalo importante. No le oímos llegar.
No le oímos llegar, teníamos la guardia baja porque suponíamos que no vendría y estábamos relajados, un error que más tarde no sucedería, porque no la bajamos tanto y mucho menos los tres a la vez. Personalmente no la volví a bajar nunca y con la tensión que provoca el miedo, todos los ruidos parecen ser lo que temes, todas las sombras parecían ser la suya. Es difícil divertirse estando siempre alerta.

Nos sabíamos cuanto tiempo llevaba allí, mirándonos con aquellos ojos pequeños, duros, penetrantes, temibles y temidos. Aquella mirada cruel de verdugo que te tiene en sus manos...
Estaba frente a nosotros en la puerta que asoma a la primera cama, y tapaba la otra puerta de salida y solo quedaba una escapatoria por la puerta de la cocina que estaba a la izquierda muy cerca de la tercera cama que quedaba pegada a la pared.
El primer pensamiento era salir corriendo y alcanzar la primera salida al patio. Escape inútil porque más tarde te llamaba y tenias que volver a él y era peor.
Teníamos nueve años, siete y cuatro.
Me coloque delante de los chicos, que para eso soy mayor y ellos siempre se agazapaban junto a mis piernas. Triste defensa.

No lo sabíamos entonces, pero íbamos a recibir la primera charla de educación sexual de nuestra vida.
¡Que no os vuelva a ver todos juntos hechos un ovillo!- me oís, gritaba mientras me zarandeaba cogiendo mis brazos que parecían dos palillos ¡que no os vuelva a ver así!
¡ Y como alguno de vosotros salga maricón o lesbiana, os juro que os corto la cabeza y se la echo a los perros..!- decía gritando como un loco sin dejar de sacudirme.
Nos empujó contra la pared y salio hecho una furia, afortunadamente se marchó.
Cuando se nos pasó el susto, vamos diez minutos después, nos recompusimos pero ya no teníamos ganas de saltar.
¿Que ha dicho, maricón o qué? ¿listiana o una cosa así?
Era la primera vez que oíamos la palabra lesbiana y ni sabíamos que significaba, ni pronunciarla siquiera.
No le dimos mucha importancia, porque entonces no la tenia, aunque un malestar comenzó a instalarse en mi, le tenia tanto miedo que lo que más temía en el mundo era poder ser aquello que no recordaba como se pronunciaba, pero me podía hacer perder la cabeza, y no por amor precisamente, o tal vez si.

8 comentarios:

  1. ¡Qué cambio más chulo en tu blog! me gusta la foto del fondo :)

    Acerca del post, doloroso como siempre que hablas de tu padre y admirable el trabajo que has hecho para sobrevivirlo, espero que tus hermanos también.
    Un fuerte abrazo, besos

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  2. Ostras, Cereza! Me ha gustado mucho, me ha atrapado el texto. Te invito a que sigas indagando esta voz que hoy nos muestras.

    Y un abrazo, guapa, por el tema... que se las trae.

    También me gusta mucho la foto de fondo.

    Mmmmmm me dejas pensando.

    Besos!

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  3. Ah, se ha perdido mi comentario...

    Repito: duro, pero bellísimo esto que has escrito.

    Un beso fuerte.

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  4. *Pena, no sabes como me gusta que te guste el cambio de imagen que ya estabamos pidiendo a gritos el blog y yo. Tu comentario me encanta, ¿sabes que eres mi seguidora más antigua y más fiel? Besito enorme.

    *Morgana, me has sacado colores, ya escribiré, ya.
    Un abrazo.

    *aminuscula, no sabes cuanto agradeceré haber encontrado las páginas de la mañana que van haciendo posibles algunos milagros.
    Gracias, muchas, de nuevo.

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  5. Por más advertencias que nos echaran siempre el corazón se rige por sus propias normas.. claro que toda esa culpabilidad de ir contra la tradición y los padres es muy dificil quitársela pero no imposible, espero lo hayas hecho.. un beso

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  6. ains cereza, que historia tan dura. y que valiente tú para contarla tan francamente.
    muchos besos

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  7. *Ico, tienes razón en lo difícil que resulta desintegrar todo el poder del control parenteral acumulado, hasta que descubres que ni los padres, ni los maestros, ni los curas son sabios y su palabra es ley. Es un camino aspero, pero es un camino.

    *Siempre suya, listiana, pero listiana, y entonces yo sin saberlo, no lo supe hasta mucho tiempo despues.
    Me gusta mucho tu blog, estoy esperando actualizaciones.
    Un besito.

    *a punto de, bienvenida y gracias por dejar tu comentario. También visito tu blog y me encanta.
    Un abrazo fuerte.

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